Hace unos días nos dejó Gabriele Amorth, el conocido exorcista italiano y autor de numerosos y muy difundidos libros sobre su vida y su práctica como ahuyentador de demonios y curador de posesos, amén de personaje muy presente en webs católicas, prensa, etc.

Debo reconocer que siempre he tenido dudas sobre ese tipo de presencia mediática, pues aunque es positiva la divulgación de estos fenómenos y su realidad, es verdad que a menudo uno tiene la sensación que todo lo mediático se trivializa. Ocurre lo mismo con los milagros o con las conversiones de personajes famosos. Llámenme carca, pero no es lo mismo leerlo en un libro con pretensiones de rigor, que verlo por la tele. Y aunque esta publicitación de algo tan real como el demonio sea buena, la banalización del contenido puede producir un efecto adverso: la creencia de que se trata de un tema superado, trasnochado.

Atribuyen a Baudelaire aquella frase de que la mayor astucia del demonio es hacernos creer que no existe, y algo de cierto hay en ello pues cada vez es menor el número de personas que piensan en él. Y sin embargo, el mal sigue presente entre nosotros. No hace tanto, el pasado 26 de julio en la parroquia de Saint-Etienne-du-Rouvray, en Francia, el padre Jacques Hamel fue degollado mientras celebraba misa  por dos yihadistas. Ante el ataque, según se ha relatado, el sacerdote gritó “¡Vete Satanás!” a sus agresores, lo que se ha interpretado como una atribución al Maligno del origen de tamaña violencia. De hecho, así lo vino a decir el propio Papa Francisco en una misa de homenaje. Y aun así, incluso a muchos creyentes les cuesta pensar en esa identificación del mal, viéndolo siempre como algo difuso, abstracto.

Romano Guardini, en su obra El Señor y refiriéndose al demonio, denuncia que el hombre actual lo concibe, como mucho, como una figura cómica a la que no cabe tomarse en serio o, incluso, como una suerte de héroe liberador y rebelde (págs. 160-161). Sin duda, de tener razón Baudelaire, el demonio ha logrado su gran objetivo de pasar desapercibido y poder trabajar a sus anchas.

Más de medio siglo después de escribirse esta obra, hoy el demonio es una figura cotidiana pero simpática, protagonista de comedias televisivas y cuentos para niños, a los que por supuesto no aterra para nada. Cotidiana sí, menos en las Iglesias y los púlpitos, donde apenas se acuerdan de él. Casi nadie habla seriamente del demonio y pocos creyentes reconocen creer en su existencia, por mucho que lo lamentara el padre Amorth.

Saber a qué se debe esta deliberada ignorancia no es fácil. Desde luego no es por temor, pues de la misma forma que nadie parece creer en su existencia, tampoco se cree en los ángeles, otros personajes relegados a las apariciones televisivas y poco más. Sagazmente, Guardini apunta a un motivo determinante: el hombre moderno no admite otra realidad personal que no sea él. La naturaleza, el entorno que le rodea, debe ser impersonal, previsible, sistemático, organizado. Debe poder ser estudiado, entendido. Incluso manipulado, en la medida que se pueda. Pero no puede haber más subjetividad que la del sujeto por excelencia, el único que admitimos como tal: el hombre. Es por ello que el hombre moderno no puede concebir una instancia personal, el demonio, que altere ese sistema y lo incline al mal, que tuerza su voluntad o que manipule el entorno a su antojo y sin nuestro control, alejado de nuestro entendimiento.

Por esta razón, el hombre de hoy no acepta instancias angelicales ni demoníacas, y ridiculiza a cualquiera que las defienda. La realidad que nos rodea es vista como una realidad objetiva, natural, explicable. Lo demás, son licencias poéticas. En los yihadistas que asesinaron al padre Hamel había odio y resentimiento; causas culturales y sociales que explican su origen; procesos bioquímicos que configuran una acción tan cruel y deleznable. Pero no puede haber un “alguien” no humano que empuje a esos asesinos a hacer lo que hicieron. Ese alguien -dirá el hombre de hoy- no es sino una figuración imaginaria, un personaje para asustar a los niños. Pero estas conclusiones, para un cristiano, conllevan la negación de su propia fe.

Negamos la existencia de ángeles y demonios porque negamos que pueda haber una entidad personal que intervenga en la historia, en la naturaleza, en nosotros. Nos hemos configurado una versión personalizada del universo que creemos comprender o, al menos, pretendemos tener esa capacidad potencial de entenderlo. Incluso devotos cristianos caen en ese grave error. Porque si algo caracteriza el cristianismo no es la existencia de un Dios o de un espíritu: todas o casi todas las religiones profesan algo parecido. Lo que lo caracteriza es la existencia de un Dios personal, histórico, encarnado. Un Dios que conoce cada uno de los pelos de nuestra cabeza (Lc 12,7). Un Dios que no sólo está entre nosotros (Mt 28,20), sino que habita en nosotros, pues cada uno somos templos del Espíritu (1Co 6,19).

La gran astucia del demonio es conseguir que no creamos en él, sí, pero no porque con ello consiga más adeptos. De hecho, al Maligno nosotros le importamos un bledo. Su objetivo es mucho más ambicioso: lograr que nos olvidemos de Dios, que nos acostumbremos a vivir sin su presencia.  Como si Dios no existiera.