Así empezó todo y así nos lo relata el Evangelio de Juan (13, 21-30). Es su relato de la última cena. Como es sabido, él no describe la fundación de la institución eucarística y, en cambio, sí relata el conocido lavatorio de los pies de los apóstoles. Acto seguido, narra el anuncio de Jesús de su traición, en una escena tan enigmática como la de los sinópticos, en las que esa delación aparece misteriosamente desapercibida  por los allí presentes, por lo que el final amargo de Jesús deviene inevitable.

San Juan lo relata así: «Entonces [Jesús] mojó el bocado, lo tomó y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dijo: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Pero ninguno de los comensales entendió porqué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta”, o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche».

KissOfJudasTan difícil es explicar el anonadamiento de los discípulos como la conducta de Judas, su acto vil. Pese a los relatos evangélicos —siempre escritos, no lo olvidemos, a toro pasado— y a lo que la sabiduría popular haya ido añadiendo al personaje, lo cierto es que nada nos lleva a pensar que Judas fuera un sujeto especialmente siniestro ni un malo de los de película. Al contrario, era uno de los doce elegidos directamente por Jesús, ni más ni menos, y el encargado de algo tan delicado como el manejo de los fondos.

También nos parece infantil comparar la imagen del repulsivo traidor a la de los beneméritos discípulos. No olvidemos que la “noche” empieza también para ellos, pues serán testigos de acontecimientos graves a los que reaccionarán, primero con un adormecido interés hacia la angustia vital de su maestro y amigo, y luego, tras una efímera subida de testosterona de algunos en el momento del apresamiento, se evidenciará en muchos de ellos una sonora y cobarde apostasía.

Mucho se ha dicho y contado de la motivación de Judas. Su decepción acerca de la misión de Jesús fue posiblemente creciendo hasta derivar en una frustración insostenible que le llevó a tomar medidas drásticas. Es muy posible que la acción no fuera especialmente premeditada y que aprovechara el escándalo de la entrada en Jerusalén para intentar provocar una crisis en el movimiento del nazareno. Nada nos lleva a pensar que Judas tuviera en mente la muerte de Jesús ni que su detención derivara en tan luctuoso destino. Incluso su aparente arrepentimiento posterior, devolviendo las monedas fruto de su felonía, pueden ser una reacción de impotencia ante el cariz que iban tomando los acontecimientos.

En todo caso, la decepción, en la noche de Judas, se torna desesperación. Una desesperación que le lleva a alejarse de Dios ajusticiándose a sí mismo. Porque también Judas tiene su propia pasión, pero cuán diferente es a la de Jesús. En la suya, no hay lugar para Dios ni para la misericordia. Él no se perdona a sí mismo ni perdona a Jesús haberle llevado a este callejón sin salida. No hay, en él, ni un solo resquicio para que brille la luz del Dios que ama con infinita paciencia. Esa luz que estallará el domingo en la atónita visión del sepulcro vacío. Para Judas, como para tantos otros, sigue siendo de noche.